Ohio Rican La otra migración puertorriqueña

Por: Elaine Rivera/Especial para EDLP

PUBLICADO: Jun, 10, 2012 12:00 am EST


Esmeralda Santiago, the renowned author of her memoirs, When I was Puerto Rican and Almost a Woman, recently came to speak at Lehman College in the Bronx and she poignantly captured the solitude she felt when she came to New York as a teenager.
Later that afternoon, I stood in a line for 45 minutes to have her sign my book. When we met, I told her "If you felt lonely, imagine being a Puerto Rican from Ohio. That is where I am from."
My parents, Juan and Aida, came to Cleveland, Ohio at the height of a Puerto Rican migration to the mainland. My father arrived in 1949 -the very peak year of that migration. He's told me he arrived knowing only two words in English: "OK" and "eggs."
Many of the Puerto Rican newcomers to Ohio eventually found work in factories in the northeast of the state - in Cleveland, Lorain, Youngstown and elsewhere. My father ended up at a Cleveland General Motors, working on an assembly line making transmission parts.
At first, however, the search for work took him all the way to picking apples in Walla Walla, Washington. He wasn't a stranger to agricultural work; some of my earliest images of my father were pictures of him curtting sugar cane in Puerto Rico.
In 1951, he traveled back to the island, married my mother there, and brought her to Cleveland.
I cannot imagine the isolation and loneliness my mother must have felt in Ohio. There wasn't any Spanish-lannguage radio and TV when she first arrived. Her husband, and over time, her children were her primary community. I remember her scouring the local stores in search of the foods to which she was accusmtomed: yucca, plátanos, and Goya products. Banana leaves were unavailable; she wrapped her pasteles in aluminum foil. (And there is nothing more original to see lechón on a spit in a garage in Ohio!)
Cardboard boxes came from Puerto Rico with the products my parents wanted. I remember the musty smell that came from the products wrapped in newspaper. There was yautia, opio, guineo niño, and other verduras.
I was extremely fortunate to receive an excellent education through the Catholic school system and, later, Ohio's state college system. My siblings and I assimilated -somewhat. Still, matters of identity were ambiguous. The average Ohioan doesn't know much about Puerto Rico. We were not immune to ugly racism. At times, I was called a "spic" in Cleveland, and "la gringa" by family members we visited in Puerto Rico.
There was an "all-American" quality to much of my Ohio childhood and adolescence. In Cleveland, I wrote for my high school newspaper, joined the drill team, and played and taught tennis.
Meanwhile, my parents spoke Spanish to their children at home; we all answered in English. Today, three of us are proficient in Spanish, the other three speak no Spanish at all.
All of my siblings -six of us- were totally assimilated. Most of us rebelled - including me, in large part because we did not understand our identity.
I am now in my fifth decade. I still struggle with who I am. My father always tells us that we are Buckeyes (from the Buckeye state – Ohio.) Buckeyes are an indigenous nut of Ohio. I keep three buckeyes on my window ledge. But I never really felt connected there. Nowadays, I always keep a small Puerto Rican flag in my apartment. Still, Ohio is where my mother is buried. My father has a burial plot next to my mother-for when the time comes. Ohio will always be part of my legacy.

Mi experiencia como Ohio-rican


La renombrada escritora Esmeralda Santiago ("Cuando era puertorriqueña", "Casi una mujer") se presentó recientemente en Lehman College en El Bronx, en donde habló de forma conmovedora sobre la soledad que sentió cuando llegó a Nueva York de adolescente.
Al concluir, esperé en fila por 45 minutos para que autografiara mi libro y, cuando finalmente le pude hablar, le dije que si ella se sintió sola, que imaginara como fue para un puertorriqueño en Ohio, lugar en donde nací.
Mis padres, Juan y Aida, llegaron a Cleveland, Ohio, en el momento pico de la migración de puertorriqueños a Estados Unidos. Mi padre llegó en 1949 y me confesó que las únicas dos palabras que sabía en inglés era "OK" y "eggs."
Muchos de los puertorriqueños recién llegados a Ohio eventualmente encontraron trabajo en fábricas en ciudades como Cleveland, Lorain y Youngstown. Mi padre trabajaba en la línea de ensamblaje en Cleveland de General Motors, fabricando piezas para las transmisiones de autos.
En un principio, la búsqueda de trabajo lo llevó a recoger manzanas en Walla Walla, estado de Washington. Mi padre no desconocía el trabajo agrícola, mis primeros recuerdos de él fueron fotografías suyas cortando caña en Puerto Rico.
En 1951, mi padre volvió a Puerto Rico, se casó con mi madre y la llevó a Cleveland.
No puedo imaginar el aislamiento que mi mamá debió de haber sentido en Ohio. No existía ninguna emisora de radio o canal de televisión en español para ese tiempo. Su esposo – y eventualmente sus hijos- se convirtieron en su apoyo principal. Recuerdo como buscaba en las tiendas la comida a la que estaba acostumbrada: yuca, plátanos y los productos Goya. Las hojas de plátanos nunca se conseguían, así que envolvía los pasteles en papel de aluminio (¡y no hay nada más interesante que ver el lechón asado en un garaje en Ohio!).
Cajas llegaban de Puerto Rico con los productos que mis padres querían. Recuerdo el olor a humedad que salía de las cajas. Había yautía, opio, guineo niño y verduras, todo envuelto en papel de periódico.
Fui muy afortunada de recibir una educación excelente a través del sistema de escuelas católicas y luego, del sistema de universidades públicas en Ohio.
Mis hermanos y yo pasamos por el proceso de asimilación aun cuando el asunto de la identidad era ambiguo. La persona promedio en Ohio no sabían mucho sobre Puerto Rico.
No estuvimos inmunes al racismo. Algunas veces me llamaban con el despectivo de "spic" en Cleveland, y cuando visitaba a mi familia en Puerto Rico me decían "la gringa".
Mi niñez y adolescencia estuvo marcada por tradiciones americanas. Escribí para el periódico escolar en la secundaria, fui parte del equipo de entrenamiento y practicaba y enseñaba tenis. A la misma vez, mis padres nos hablaban en español a mis hermanos y a mí, pero nosotros le contestábamos en inglés. De los seis hijos, sólo tres hablamos español actualmente.
Mis hermanos y yo pasamos por el proceso de asimilación. La mayoría, yo incluida, nos rebelamos, en gran parte porque no entendíamos nuestra identidad.
Hoy me encuentro en mi quinta década de vida y todavía lucho con saber quién soy. Mi padre siempre nos dice que somos "Buckeyes" (como le llaman a las personas que son de Ohio). El "buckeyes" es un tipo de nuez originario de Ohio. Tengo tres "buckeyes" en una repisa, sin embargo, nunca me he sentido conectada. Hoy en día tengo una bandera de Puerto Rico en mi apartamento. Mi madre está enterrada en Ohio, y mi padre ha comprado una parcela al lado de su tumba para cuando llegue su momento.
Ohio siempre será parte de mi herencia.