La caridad comienza por casa
Los latinos no tienen una tradición filantrópica más allá del popular dicho "donde comen cuatro comen cinco.
Foto: Archivo/Zaira Cortés
Durante mi larga carrera en organizaciones artísticas sin fines de lucro, recuerdo que cada vez que hacíamos campañas para recaudar fondos entre negocios latinos que nosotros mismos como consumidores habíamos impulsado al éxito financiero, solo recibíamos unas latas de gandules o unas bolsas de café o, de vez en cuando, una o dos botellitas de ron para el coctel de apertura de alguna producción teatral.
Los cheques deben estar todavía en el correo.
Ese tipo de caridad no ha sido ni es ni será suficiente para crear una sólida infraestructura que sostenga las actividades de grupos cívicos y políticos necesarias para el crecimiento y empoderamiento de la mayor de las minorías del país.
En un excelente comentario de mea culpa histórico, Rudolfo Acuña profundiza sobre las razones de por qué, ahora que las necesitamos más que nunca, no tenemos organizaciones ni líderes latinos con una fuerte presencia nacional.
El punto más impactante que hace Acuña, en mi opinión, es que las pocas organizaciones que han logrado proyectar influencia y ofrecer orientación -cita específicamente a MALDEF y al National Council of La Raza- han recibido la mayoría de sus fondos del gobierno o de fundaciones filantrópicas, particularmente de la Ford Foundation. Para las organizaciones sin fines de lucro, esos dineros vienen con ataduras que limitan el quehacer cívico/político a favor de una comunidad tan diversa como la nuestra y peor aún, con solo retirarle o amenazar con retirarle los fondos, las dejan prácticamente castradas.
"La culpa es nuestra," dice Acuña. "¿Cuándo fue la última vez que enviamos un cheque a MALDEF…[u otra organización latina]?"
Recuerdo que hace muchos años, durante la década de los 70, asistí a una conferencia en Washington D.C., donde un grupo de "líderes" latinos se había reunido para dialogar sobre el futuro, ya que como todos sabemos, los 80 iban a ser sin duda, "The Decade of Hispanics" (esta década mítica lleva tanto tiempo anunciándose y no presentándose que ya no estoy segura qué significa y por lo tanto he dejado de esperarla).
Yo estaba allí en función de reportera para Nuestro Magazine, la primera revista mensual latina a nivel nacional en inglés. No dejé de notar que todos y cada uno de los líderes alrededor de la mesa eran directores ejecutivos de agencias sin fines de lucro que dependían en un 99% de donativos gubernamentales y filantrópicos. No había ni un académico, ni una trabajadora social o líder sindical, ni un pinche artista, a pesar de que ya se había comprobado el impacto de las artes en el quehacer cívico y político de una comunidad.
El Teatro Campesino había logrado tanto como César Chávez en organizar a los trabajadores agrícolas en los campos frutales de California durante los años 60. Pero una década más tarde no había lugar en aquella mesa para su director, Luis Valdés.
Y yo hice la pregunta, ¿Qué pasa a este liderazgo si quitan los fondos a sus organizaciones? La respuesta fue un gran silencio. Y me quedé con hambre.

















